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Congreso Conflictos y violencia en las escuelas

                   Panel: "Agresores, delincuentes y asesinos. La escuela y el hospital como receptores y reproductores de la conflictividad social”

Viernes 15 de junio de 2012

Juventud criminalizada,

o como fomentar la auto amnistía de los adultos

(Transcripción de la ponencia)

Resulta estimulante estar entre tantas personas que se interesan por enfrentar el tema de la violencia en las instituciones que trabajamos y en la sociedad que vivimos.

El viernes pasado, pensando lo poco que faltaba para este Congreso, me puse a leer distraídamente el diario La Capital y la primer noticia que vi fue “Matan de un balazo a un chico 17 años y ya suman 78 los asesinatos en Rosario en lo que va del año”

La problemática de la violencia y la inseguridad está instalada hace mucho tiempo y además de temores, da lugar a múltiples tipos de opiniones y de reclamos a diversos poderes e instituciones públicas.

Ninguna medida parece dar en la tecla como para empezar a bajar la tendencia y muchas de las propuestas que aparecen suelen ser ineficaces o peor que la enfermedad. Y, ante la impotencia, aparece la necesidad de buscar culpables, o peor aún, de chivos expiatorios, especialmente entre aquellos portadores de juventud con color y cultura distintas a la hegemónica.

Y así proliferan muchos diagnósticos que curiosamente tienen algo en común: considera que la inseguridad y violencia es causada, producida o de responsabilidades atribuidas a otros. La mayoría, sino todos, creen que nada de lo que ellos hacen, defienden o apoyan tiene que ver con la inseguridad y la violencia.

Como resultado de todo esto tenemos que por un lado se magnifica la problemática de la inseguridad y la violencia, y al mismo tiempo se la minimiza y oculta. ¿Contradictorio?: No.

El año pasado la BBC hizo una encuesta que ubica a la Argentina como el país como mayor preocupación por el tema de la inseguridad, sólo superada por Sudáfrica. Sin embargo, cualquiera que vea el mapamundi sombreado sobre la violencia y inseguridad en todo el mundo, constatará que nuestro país está entre los privilegiados con un índice muy bajo de violencia.

(ver al respecto  en www.notasyantidotos www.notasyantidotos.com.ar)

Este desfasaje, que fácilmente puede atribuirse a campañas mediáticas tendientes a debilitar el gobierno de turno y a la creación de climas, y que también puede dar lugar a múltiples discusiones y lavadas de manos de responsabilidades, no debe distraernos de algunas preguntas fundamentales que requieren respuestas no sólo teóricas sino también prácticas.

Cualquiera de nosotros sabe que por más que hoy estemos en un congreso sobre la violencia en la escuela y la escuela aparezca una y otra vez en los medios con casos de violencia, la escolar es la institución más segura y menos violenta de nuestra sociedad. Por varios cuerpos gana la familia como el origen o lugar de mayor violencia e inseguridad, seguida por la calle y aquí también una presencia importante en la relación entre conocidos. Pero claro, la noticia suele estar en lo raro, en lo poco frecuente y no en lo común que simplemente se transforma en estadísticas.

Ahora bien. Esa violencia que se muestra, esa violencia que hablamos, esa violencia que nos molesta, preocupa, ocupa y sensibiliza y sobre la cual ya tenemos estigmatizados ciertos sujetos “naturalmente” portadores de la misma ¿es la que debe ocupar nuestros desvelos? ¿sobre allí debemos centrar nuestros análisis y propuestas?

Y disculpen si soy tajante, estimados colegas, o un poco brusco en lo que voy a decir, pero aquí la clave está en que dejemos de mirar para otro lado y empecemos a ver nuestras propias responsabilidades como sistema educativo y como miembros de una sociedad.

Sabemos que la mayoría de los que ingresan a la universidad fracasan o tienen graves dificultades por cuatro motivos: tener grandes limitaciones a la hora de interpretar textos, resolver problemas, saber expresarse oral y por escrito y en no saber estudiar, y esos mismos estudiantes pasaron doce o más años por la escuela..... y esto ocurre hace más de cincuenta años -por poner una fecha- ¿no será que algo estamos haciendo mal? O tal vez muy bien, si pensamos a la escuela en su faz de reproductora de injusticias.

¿No será que las explicaciones que damos al tema de la violencia -explicaciones políticas, económicas, psicológicas, sociológicas, ideológicas, educativas- son distractivas o peor aún, ocultativas?

Lo que generalmente se dice insistentemente sobre y contra la violencia ¿no formará parte de dispositivos para mantener las causas que dan origen a esa y otras violencias?

Es demasiado limitado este espacio de tiempo para tratar las diversas concepciones sobre el origen de la violencia. Señalemos nomás que aquellos que atribuyen la violencia a algo innato, a nuestro antecedente animal, han sido refutados por la ciencia. Y si no les alcanza eso me remito a algo muy simple: ningún animal tortura.

Desde una vereda atribuirán el problema a la falta de trabajo, a la marginación, a la mala vivienda, a las injusticias y los más conceptuales dirán que es producida por el capitalismo o los más extremos aún, por la existencia misma de la propiedad privada y del Estado (“la propiedad es un robo” dirán los anarquistas). Desde esas concepciones la alternativa a la violencia y la inseguridad pasa por el mejoramiento social, más derechos, mejor distribución del ingreso y la riqueza o directamente una revolución social.

Quienes atribuyen esto al tema de la pobreza, con ánimo de condenar una sociedad injusta, en realidad están exonerando a los que pretenden condenar. Porque la violencia no es patrimonio de sectores pobres necesitados, por el contrario, encontraremos mayores y más graves ejemplos de la violencia de sectores pudientes tanto sobre sus pares como contra los demás.

Desde la vereda opuesta dirán que el problema es la falta de mano dura para reprimir, juzgar y condenar; la apertura de las fronteras a bolivianos, paraguayos, chilenos, etc; la proliferación de ideas y valores foráneos al sentir nacional; y que todos son demasiados permisivos (la familia, la escuela, el Estado, las leyes) y reclamarán más policía, más mano dura y que la Justicia sea inclemente y severa. Añorarán a los gobiernos militares y pedirán su vuelta.

En el medio estarán quienes la atribuyen al narcotráfico y al incremento del consumo de la droga y alcoholismo , o a la displicencia del Estado de involucrarse decididamente y realizar las limpiezas necesarias en las fuerzas de seguridad, en el no combatir la corrupción político-burocrática y del poder judicial. Que antes había un servicio militar que disciplinaba; que no existen buenos mapas del delito y la violencia, etc.

Dejando de lado las afirmaciones marcadamente xenofóbicas y trogloditas, la mayoría de los causales atribuidos al tema de la inseguridad y la violencia tienen algún asidero con la realidad, pero sólo terminan dando explicaciones que no explican demasiado, confundiendo muchas veces efectos con causas, o por demasiado generales más que nada sirven a efectos propagandísticos o agitativos, pero muy poco para encarar prácticamente un problema tan complejo. Y lo que es peor: muchas veces, y sin quererlo, terminan fomentando la impotencia o la impunidad.

Si admitimos entonces que, salvo algún caso raro de enfermedad, no nacemos violentos y que al mismo tiempo encontraremos casos de violencia, de desprecio al otro, en todos los estratos sociales debemos concluir que es algo aprendido o reproducido en todos los estamentos sociales.

Y si al mismo tiempo percibimos que lejos de resolverse parece que se va agravando, tal vez no tanto en cantidad, pero sí en grado, no es descabellado suponer que estamos haciendo algo cada vez peor, como sociedad y como individuos, para dar aquel resultado.

Y digo “que estamos haciendo” pues sin pretender tapar diversas responsabilidades -económicas, políticas, sociales, institucionales- no creo que podamos encontrar la punta del ovillo si lo vemos como algo que está por fuera de nosotros, creyendo que no tenemos nada que ver, que jamás se relaciona con lo que hacemos, apoyamos o aceptamos.

Si la violencia es un comportamiento social adquirido, y al mismo tiempo encontramos mandamientos religiosos, contenidos educativos, declaraciones políticas, leyes, etc que cuestionan la violencia ¿en dónde y cómo se aprende? ¿cómo se promueve? ¿cómo se justifica? ¿cómo y dónde se refuerza? ¿en dónde debemos buscar las principales responsabilidades?

Es evidente que si hacemos una mala caracterización y diagnóstico no podremos construir soluciones. Y menos aún si por violencia e inseguridad entendemos sólo algunos tipos de ella. Aclaro, dicho sea al pasar, que cuando aquí estoy hablando de violencia estoy excluyendo a los casos inevitables: seguiríamos siendo un Virreynato español si no hubieran existido lucha por la Independencia. O seguiría existiendo esclavitud sin las luchas contra ella. O en casos justificados de defensa personal donde no alcanza protegerse sólo con palabras. Me refiero aquí a la violencia que todos sin excepción condenamos y que nos afecta cotidianamente. Y a otras violencias condenables que no se condenan con igual intensidad, o peor aún, se justifican.

Tengamos en cuenta también que así como hay quienes su situación de pobreza los lleva a robar, la mayoría de los que están en situación de pobreza no roban. Lo mismo pasará con la violencia: que se adquiera socialmente, que se promueva o que se justifique, no significa que todos y cada uno de quienes conviven en una sociedad que enseñe, promueva o justifique la violencia la van a ejercer, al menos no en los grados extremos.

Es decir, vivir en una sociedad super racista -hoy “solo” racista- como fue por muchos años EEUU, no significa que todos y cada uno de los habitantes fueran partidarios o militantes del Ku Klux Klan. Pero el que la mayoría condenara al KKK, no significaba que en esa sociedad no se educara, promoviera y admitiera el racismo, lo que afecta e influencia a todos, aunque la mayoría crea que no y en su fuero íntimo estén convencidos de que son antirracistas.

La “matriz cultural” que promueve o justifica los comportamientos violentos.

Lo que intentaré postular aquí es que existe una especie de matriz cultural, preexistente al propio capitalismo y a otros ismos anteriores, con hondas apoyaturas en rasgos estructurales comunes a diversos modos de producción, que es la que nutre, apoya, promueve, justifica y reproduce las condiciones para la aparición, proliferación y crecimiento de la violencia y la inseguridad en general, y que, según situaciones, coyunturas y otros componentes, toma la forma con que se nos presenta en diversas épocas. Matriz que no afecta a todos por igual, ni es internalizada de la misma forma; además siempre se encuentra atravesada por múltiples factores, dispositivos, incluso otras matrices más específicas.

Y esta matriz se alimenta y reconstituye con tres componentes -hay más, pero estos alcanzan para mostrarla-, en tres “mandamientos”, por llamarlos de alguna forma.

1. Hay seres humanos que están por encima de los demás y tienen sobre los demás derechos, prerrogativas, poder, atribuciones, sea por color de la piel, posición social, apellidos, cultura, inteligencia, patrimonio, sexo, tamaño físico, edad, aspecto o lugar de nacimiento.

2. Se puede usar la fuerza (agredir, matar) cuando la propiedad o el poder -económico, militar, territorial o religioso- está en juego.

3. El fin justifica los medios.


¿Es posible combatir o disminuir la inseguridad y la violencia manteniendo al mismo tiempo la defensa de las anteriores afirmaciones?

Es inconcebible pensar en combatir la violencia y la inseguridad si se defienden los anteriores postulados. Pero la realidad es que nuestra sociedad -y por nuestra no me refiero sólo a Argentina, sino al mundo que vivimos- acepta, institucionaliza y legitima tales postulados. Incluso a veces lo transforma directamente en axiomas.

Y voy a ir un poco más lejos: la familia, el sistema educativo y los medios formadores de opinión y culturales, así como diversas instituciones, públicas y privadas, las avalan, muchas veces la promueven, enseñan y fomentan a través de diversos dispositivos y sin que nadie se escandalice o se de cuenta. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Tomemos la primer proposición, de la cual tenemos infinitos ejemplos en lo macro y en lo micro.

La escuela ha enseñado por decenas de años que hay seres humanos superiores a otros por la raza. ¿O acaso no se celebraba el 12 de octubre el Descubrimiento de América o del Día de la Raza? Nadie descubre algo que ya ha visto otro ser humano. Si este continente fue descubierto es porque los más de 100 millones de habitantes que vivían en él eran inferiores, a los cuales se les podía despojar de las tierras, los cuerpos y la vida. Y fue el democrático Hipólito Irigoyen quien instituyó tal Feriado Nacional con un racista Decreto de apología de la sangre española por sobre las demás. Y así la Campaña del Desierto, claro, desierto de gente blanca …

Y podría poner muchos más ejemplos donde cotidianamente, sí, cotidianamente conciente o inconcientemente defendemos o reproducimos los postulados expuestos en esa matriz.

Porque además no podemos ser ingenuos: la gran visibilidad sobre un tipo de violencia es la contracara de la opacidad de mayor parte de la violencia. Así como el iceberg, sólo se ve o se habla de una parte mínima.

El mismo título de esta mesa, “Agresores, delincuentes y asesinos”, tomado a la ligera como lo hace el “sentido común” fortalece aquella matriz de varias formas y sólo señalaré dos:

* Así como hoy todos nosotros podemos distinguir el proceso de cosificación de la mujer (como objeto sexual, etc), no necesito explicarles a ustedes como el transformar en “cosa” a alguna persona la ponemos en situación de inferioridad y subordinación, constituyéndose unos de los dispositivos típicos del “primer mandamiento”. No son personas iguales a mi, son “agresores”, son “delincuentes”, son seguramente “futuros asesinos”. “Delincuente abatido” dice el título del diario. Más abajo, en la noticia, relata: joven de 13 años que estaba robando la radio de un auto fue ultimado por el propietario del mismo que al ver ...”

¿Necesito aclarar lo que dice y fomenta esa noticia así desarrollada?

* Hablar de “Agresores, ...” es decir un ellos y un nosotros. El problema son ellos, nosotros no tenemos nada que ver. No sólo no somos agresores ni delincuentes sino que ellos son la lacra, nosotros somos personas de bien.

Esto me recuerda a un libro que leí de joven, de León Rozitchner un filósofo y psicoanalista fallecido el año pasado. No recuerdo demasiado del libro, pero sí que analiza una entrevista televisiva realizada a prisioneros que habían luchado por la vuelta de Fugencio Batista, el dictador cubano, cuando aún la revolución cubana no había concluido. El grupo de prisioneros lo conformaban, entre otros, intelectuales, empresarios, empleados, un sacerdote, choferes de Batista y un asesino a sueldo del dictador derrocado. Todos buscaban distanciarse de este último, todos decían que no tenía nada que ver con él- Que sus ideales eran sanos y nada que ver con el asesino. Y Rozitchner pone en evidencia que sólo en la voz del asesino sale la verdad del grupo. Y esto me lleva a preguntarme si la verdad de nuestra sociedad no estará en estos agresivos, delincuentes y asesinos.

Todos buscamos tomar distancia de los “hechos de violencia” y sus causas. Es más, hay un esfuerzo muy grande de directivos, de docentes, de preceptores en intentar encontrar soluciones sensatas cuando los hechos de violencia ocurren e incluso podemos encontrar recomendaciones de especialistas de cómo detectar y prevenir ciertas situaciones cada vez más comunes de violencia en la escuela o cerca de ella. Pero con todo lo valorable que sean, con todo lo necesario que es actuar en dar una respuesta correcta a esos estallidos o intentar prevenirlos, lo verdaderamente grave pasa por otro lado, pasa por lo que nosotros -me refiero a un nosotros genérico, con diversos niveles de responsabilidad y “eficiencia”-, pasa por lo que nosotros hacemos para propiciar la violencia, para alimentarla, para justificarla, y no la violencia que sale en la prensa o de la que vemos sólo la punta, sino la violencia más profunda, más extendida, más dañina y destructiva, entre otras justamente porque no la reconocemos como tal o la subestimamos o justificamos.

Mi tiempo se termina y yo recién estoy empezando.

Hay que aprovechar la hipersensibilidad con el tema de la violencia y la inseguridad para poner en el tapete las otras violencias e inseguridades, que no sólo son mayores en número y que por comunes están invisibilizadas, sino por el papel que tienen en educar para la violencia y en la proliferación de la violencia que sí se cuestiona.

Mientras se admita, aún en pequeños gestos o señales, que hay seres humanos que están por encima de los demás y tienen sobre los demás derechos, prerrogativas, poder, atribuciones, sea por color de la piel, posición social, patrimonio, familia, sexo, tamaño físico, edad, aspecto o lugar de nacimiento, no podrá realmente combatirse la violencia y la inseguridad.

Mientras haya lugar para que se puede usar la fuerza (agredir, matar) cuando la propiedad o el poder -económico, militar, territorial o religioso- está en juego, no se podrá erradicar la violencia y la inseguridad,

Mientras se tolere, premie, festeje o de cabida a que “el fin justifica los medios” toda prédica contra la violencia y la inseguridad es meramente eso: una prédica, no una vocación real de transformación; y por el contrario, con esa concepción se fomenta la violencia.

La impunidad es el marketing de la violencia y su reaseguro.

Mientras grandes crímenes que han tenido lugar en Argentina sigan impunes, los comportamientos violentos tendrán su apoyatura y estímulo. La Conquista del Desierto, las diversas matanzas de trabajadores, las bombas en Plaza de Mayo, los fusilamientos del 55, los crímenes bajo el plan Conintes, entre tantos hechos, no sólo han permanecido impunes, sino lo que es peor, han sido y son festejados o ensalzados. Por supuesto que el fin de la impunidad de esos casos no será algo vinculado la Justicia -salvo pocas excepciones, desde el punto de vista de la Justicia esas causas prescribieron-. La clave es que sea la propia sociedad quien reconozca y condene aquellos hechos como criminales. Y no es remover el pasado hablar de ello, es construir otro presente.

La violencia y la inseguridad tendrán el combustible necesario mientras siga existiendo impunidad para los ladrones de guante blanco, para los que saquean a través del control del mercado y precios parte de los ingresos de la población, para los que se apropian desmesuradamente de las riquezas del suelo y de su producido a sabiendas que sus posesiones provienen de situaciones de privilegio, de robos “legales” que produjeron sus antepasados, o grandes negociados realizados bajo regímenes de facto o corruptos.

En concreto y para empezar, sería bueno, además de reconocer otras violencias y condenarlas tanto o más que las que cuestionamos, encarar tres medidas:

  • Indagar de una manera integral, y lo mas desprejuiciada que podamos, cómo se expresan las tres proposiciones mencionadas en nuestras instituciones, en nuestra aula, en nuestra vida cotidiana, en nosotros mismos.

  • Identificar qué dispositivos son los más eficientes para defender y reproducir dichas proposiciones

  • Elaborar líneas de acción y prioridades en función de lo anterior, orientada a contribuir a desmantelar tanto la matriz social como los dispositivos asociados, más allá de las cosas que ya se pueden estar haciendo en ese sentido, que hay que reconocer y apoyar

Y admitir que nosotros, sin darnos cuenta, como institución escolar o como individuos, formamos parte de dicha matriz y hasta que no la enfrentemos y desmantelamos, todo seguirá igual o peor.

Gracias por la paciencia de escucharme

racismo y discriminacion

Fernando J. Pisani

www.intercol.org.ar/fjpisani

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fjp2001@gmail.com



Nota: para ampliar el tema ver el ensayo:

Violencia e Inseguridad: el bisturí necesario”

Se puede descargar libremente desde

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