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Sección Opinión

      La Capital  Martes 28 de mayo de 2013

Reflexiones

La matriz cultural de la violencia y la inseguridad

Por Fernando J. Pisani (*)


Algo distinto hay que hacer. La violencia no para de crecer. La cantidad de jóvenes heridos o muertos, y que hieren o matan, nos impacta día a día. Los robos de cualquier cosa seguidos o precedidos por agresiones inconcebibles en otras épocas, al menos en su frecuencia, nos hace preguntar qué mundo estamos construyendo. Nada ni nadie está a salvo. Del respeto y veneración por el anciano se pasó a transformarlos en la víctima fácil. La escuela y los lugares donde se ayuda a la gente, de zonas intocables pasaron a ser lugar de reiterados robos o hechos vandálicos. Rosario y Santa Fe se han transformado en las ciudades más violentas de Argentina. El narcotráfico parece que no sólo llegó para quedarse, sino para extenderse.

Y frente a ello es un grave error −y muestra de impotencia− que los gobiernos provinciales echen las culpas y responsabilidades al nacional; las municipalidades y comunas, a la provincia y a la Nación; y nosotros, a los gobiernos y poderes públicos. Por supuesto que viviendo en un país federal la principal responsabilidad recae en el Poder Ejecutivo provincial, así como también en el Legislativo y en el Judicial. De sus impericias, sus "vistas gordas" y zonas oscuras podemos atribuir ciertos crecimientos desmedidos o faltas de respuestas contundentes, pero el problema principal está en otro lado.

Pero es simplista atribuirlo a la pobreza, a la falta de trabajo o a las características de la sociedad capitalista, aunque también tienen que ver. Y más errado aún es afirmar que es propio de la "naturaleza humana": la violencia, las conductas delictivas, el "resolver" las cosas a los golpes, puntazos o tiros, son cosas que se aprenden.

Si lejos de resolverse, se agrava, no es descabellado suponer que estamos haciendo algo cada vez peor, como sociedad y como individuos. Y aquí la clave está en "estamos haciendo". Porque sin pretender negar diversas responsabilidades −económicas, políticas, institucionales− no encontraremos la punta del ovillo si lo vemos como algo que nosotros no tenemos nada que ver, que jamás se relaciona con lo que hacemos, apoyamos o aceptamos.

Si la violencia es un comportamiento social adquirido, y al mismo tiempo encontramos mandamientos religiosos, contenidos educativos, declaraciones políticas, leyes, que cuestionan la violencia ¿en dónde y cómo se aprende? ¿cómo se promueve? ¿cómo se justifica? ¿cómo y dónde se refuerza?

Más allá de que se pueden mejorar o empeorar los índices de acuerdo a las políticas que se den los distintos poderes públicos, una parte principal causante de la violencia sigue presente y queda oculta.

Lo que no se percibe, o no se admite, es que existe una especie de matriz cultural, preexistente al capitalismo, con hondas apoyaturas en rasgos estructurales comunes a diversos modos de producción, que nutre, apoya, promueve, justifica y reproduce las condiciones para la aparición, proliferación y crecimiento de la violencia en general, y que, según situaciones, coyunturas y otros componentes, toma la forma con que se presenta en diversas épocas.

¿Cuáles son algunas de las proposiciones importantes en aquella matriz?

Sin orden de importancia y sólo considerando tres:

1) Hay seres humanos que están por encima de los demás y tienen sobre los demás derechos, prerrogativas, poder, atribuciones, sea por color de la piel, posición social, patrimonio, sexo, tamaño físico, edad, aspecto o lugar de nacimiento.

2) Se puede agredir, torturar o matar cuando la propiedad o el poder −económico, territorial o religioso− está en juego.

3) El fin justifica los medios.

¿Es posible combatir o disminuir la inseguridad y la violencia manteniendo al mismo tiempo la defensa de estas afirmaciones?

Lo lamentable es que nuestra sociedad −el mundo− acepta, institucionaliza y legitima esos postulados. Incluso a veces lo transforma directamente en axiomas. O motivo de orgullo.

La familia, el sistema educativo y los medios formadores de opinión y culturales, así como instituciones públicas y privadas, las avalan, promueven, enseñan y fomentan a través de diversos dispositivos, sin que nadie se escandalice o se de cuenta.

Decretar como hizo Irigoyen "el Día de la Raza" (leer día del racismo); o enseñar en las escuelas el "Descubrimiento de América" (leer 120 millones de personas eran subhumanos); o la famosa "Campaña del Desierto" (si está desierto podemos apropiarnos de todo, principal origen de la riqueza de sectores de poder que tanto daño hicieron a la Argentina, como Martínez de Hoz), son dispositivos del primer punto de aquella matriz. Y para no entrar en temas polémicos de acá, la imagen del monarca español matando a un elefante que no le hizo nada y que tampoco lo hace por necesidad de alimentarse, simplemente por practicar el "deporte" de matar, promueve alevosamente la violencia, pero más aún lo hace el simple hecho de ser rey.

¿O acaso la violencia contra comunidades Q'om en Santiago y contra otras comunidades o personas no blancas en otras provincias no tiene que ver con todo eso?

La desigualdad, la supremacía de unos sobre otros, la exigencia de subordinación, la imposición, la prepotencia, los daños físicos y/o psíquicos están presente en todos lados, incluso en muchas familias, tal vez también en la nuestra. Y la mayor cantidad de casos de heridos y muertes producidos por la violencia jamás podrán solucionarse con más policías, pues se producen en el seno familiar.

Humillaciones, insultos, intimidaciones, amenazas de todo tipo −incluso de muerte−, chantaje económico o emocional, estados de servidumbre, uso del poder económico para imponer ciertas conductas al otro o para perjudicarlo, violaciones a la propia pareja o hijos e hijastros,, conductas cuasi delictivas sobre los bienes gananciales y no gananciales, incumplimiento de deberes, hurto, golpes, son moneda corriente y quienes más lo sufren son las mujeres, seguidos por las niñas y niños y luego los ancianos.

En esa violencia solapada, sutil, natural, normal, y de la cual en todo caso aparecen sólo puntas como el iceberg, transcurre la niñez y la adolescencia de buena parte de nuestros conciudadanos y conciudadanas. Agravado por dar como normales e inevitables las condiciones de vida y hábitat que ya deberían ser inaceptables para todos.

Y es una violencia que se funda, se apoya, se justifica, se defiende y se fortifica en la primera premisa que hemos presentado y contribuye a su reproducción.

Si quisiéramos enfrentar el problema en serio, deberíamos salir de los casos extremos y relevar todos los tipos de violencias e inseguridades, entre otras la familiar, laboral, cultural, ciudadana −largas colas en bancos, hospitales, ruidos, smog, cruzar una calle si se tiene algún problema físico, política, económica, judicial, social, sexual, racial, religiosa, policial, etc, etc. O la violencia que resulta de no cumplir leyes gracias a tener gran poder económico y vasos comunicantes con la Justicia y con sectores políticos y mediáticos. O que prime la ganancia por sobre todo. O la que se estimula con deseos expresados en comentarios de diarios on line, radio, tv, reuniones o manifestaciones, que mejor no reproducir aquí.

Y allí determinar cómo se expresan en concreto las tres proposiciones mencionadas, cuáles son los dispositivos más eficientes para defenderlas y reproducirlas y entonces elaborar líneas de acción orientadas a contribuir a desmantelar tanto la matriz social como los dispositivos asociados, más allá de las cosas que ya se pueden estar haciendo en ese sentido, que hay que reconocer y apoyar, no importa quién promueva la iniciativa.

Mientras pensemos que la violencia y la inseguridad es responsabilidad sólo de otros, no podremos enfrentarlas con éxito.


(*) Docente de escuelas técnicas de Rosario

fjpisani@intercol.org.ar
www.intercol.org.ar/fjpisani

Publicado en

Seccion Impresa Diario La Capital
http://www.lacapital.com.ar/ed_impresa/2013/5/edicion_1660/contenidos/noticia_5001.html

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