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Fernando J. Pisani

listado de artículos

gestión de la información

La gestión de la información no es el marketing

Objetivos, metas y resultados

No hay lugar para la morosidad

Recursos y obstáculos

La informatización

Gestión de la información y gestión de los conocimientos

Activos intangibles

Eficacia y eficiencia

Conflicto, el terror de las políticas de vaciamiento



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EL CAMBIO FUNCIONAL DE LA COMPUTADORA







La educación no se vende
                                                
                                               
La gestión de la información no es el marketing

En medio de una “transformación” sin rumbo, de una crisis sin precedentes, padeciendo directa e indirectamente políticas de ajuste, escuelas y directivos buscan orientaciones o alternativas para defender su institución, su matrícula, su personal. Esta situación, muchas veces angustiante, es en realidad un fértil mercado para vender teorías y prácticas que tuvieron auge en el mundo empresarial de EEUU y otros países hace veinte años, y se presentan hoy como novísimas alternativas para mantener o conquistar matrícula, aumentar la eficacia y la eficiencia de la organización. Claro que no cualquier directivo digiere fácilmente que ahora el alumno pase a ser un cliente; los padres el mercado; que las relaciones entre las personas deben marketinizarse o que el activo (intangible) más importante que tiene la institución es su imagen.

Así, una disciplina nueva, la Gestión de la Información, que podemos aprovechar  para la problemática de la gestión institucional y para la tarea educativa, lamentablemente está entrando mal en el sistema educativo, donde capacitadores, asesores o vendedores de marketing transpolan simplistamente categorías utilizadas en el mundo de los  negocios, sin percatarse de las diferencias que pueden existir - y existen - en uno y otro ámbito. Pero incluso en las empresas y en muchos cursos de capacitación, se tiene una idea muy limitada de lo que es la gestión de la información. La reducen a la aplicación de la informática a lo administrativo, a la  recolección y transformación de datos para racionalizar, controlar y abaratar costos (de sus productos, de su personal y de sus procesos), y al marketing  (donde se desarrollan diversas técnicas para determinar conductas, necesidades y deseos del consumidor, para aprovecharlos, estimularlos o analizar los impactos de campañas, etc.).
La expresión “marketing educativo” es una contradicción en sí misma, salvo para quienes creen que la educación está en venta o debe venderse. Como el agua y el aceite, sólo pueden juntarse batiendo mucho y enturbiando todo, pero cuando se llega de nuevo al reposo, el agua es agua, clara, y el aceite es aceite, pegajoso.

En un memo de un curso que sostiene estas concepciones puede leerse que “una escuela de gestión pública necesita de las herramientas de marketing tanto como las privadas. Ya que lo que debe perseguir como objetivo toda institución educativa es consolidar la relación con el usuario del servicio”; y luego de advertir que con menos usuarios se pierde matrícula y por ende puestos de trabajo y que la escuela debe desarrollar acciones de marketing, se afirma que “”En tiempos de crisis, la principal acción de marketing de toda organización pasa por la imagen que se construye y se trasmite hacia la comunidad. Este es el diferencial institucional por excelencia que se cuenta a la hora de enfrentar eficazmente los obstáculos de magnitud”

Y no debe extrañarnos que la receta pase por un cambio de imagen y tareas asociadas, y que  se advierta imperativamente “”A no equivocarse: la reducción de costos en este rubro específico puede terminar siendo costosa”. Justamente es ése el servicio principal que venden ciertos asesores: imagen, comunicación.  De esta manera, de paso, se soslayan las responsabilidades de la crisis educativa y social,  escamoteando las soluciones de fondo.

Así nos enteraremos que el ser de una organización está en su imagen, ya que es lo que la gente percibe. Habrá entonces que mejorar (o fabricar) una imagen acorde a los objetivos institucionales, y la tarea central será detectar las necesidades del cliente (alumno, padres, etc.) para vender el producto o servicio (aunque  sea gratuito, nos aclaran, igual es una relación de intercambio).

Está fuera de lugar negar la eficacia y potencia del marketing. Tenemos demasiados ejemplos de a dónde conducen esas construcciones de imágenes.

Uno de los objetivos de la escuela es justamente enseñar a evitar ser manipulado, engañado, desarrollando el espíritu crítico. Mal puede cumplir su función si cae ella misma en esos manejos. “Pero marketing no es manipulación, no es venta. La venta es sólo un aspecto de marketing”, dirán. Y es cierto, marketing es mucho más que ello e incluso trabaja aspectos valiosos para el mundo de los negocios, pero no puede evitarse la sospecha de que ciertas categorías al ser transportadas directamente al mundo educativo -o a las relaciones personales-, traigan inseparablemente un contenido que no condice con lo que es o debe ser la educación y sus fines, y que en realidad, tal vez, ocupen la función de Caballo de Troya de una ideología y de un modelo de educación.

Por supuesto que una institución educativa puede y debe realizar acciones de propaganda, divulgación, análisis de necesidades, demandas. Por supuesto que a nadie le interesa tener una mala imagen o perder matrícula por no lograr responder a expectativas de la comunidad o porque otra institución vecina lo resuelve mejor que la nuestra. El asunto es si eso se resuelve con técnicas de marketing o peor aún, con su mirada y filosofía.

Comencemos abordando la problemática de la Gestión de la Información, muy desdibujada en los planteos marketineros, tratando alguna de sus características y enfoque.


Objetivos, metas y resultados

Entre las palabras que no suelen usarse en el sistema educativo, tal vez por considerarlas demasiado contaminadas por la superficialidad o la  competencia, está “éxito”  Sin embargo es importante definir con claridad qué se considera exitoso para una institución, actividad o proyecto, y definir con precisión cuáles son sus indicadores claves, ya que no cualquiera es el más apropiado. Hay que jerarquizarlos, secuenciarlos, para enfocar lo más importante. El paso siguiente será  determinar cómo medirlos, cuándo y dónde, teniendo en cuenta que la recolección de datos no sea costosa y resulte simple y rápida.

Claro que “éxito” debe ir acompañado por algún calificativo,  por  ejemplo “bueno.” Porque el que algo sea exitoso no garantiza que sea bueno. Y si bien la palabra bueno es extraña en el lenguaje de las ciencias y de por sí es ambigua, autores como Fenstermacher o Litwin se refieren a “la buena enseñanza”  y la distinguen de lo que antes se consideraba enseñanza exitosa.  ”Por el contrario, en este contexto, la palabra 'buena' tiene tanto fuerza moral como epistemológica. Preguntar que es buena enseñanza en el sentido moral equivale a preguntarse qué acciones docentes pueden justificarse basándose en principios morales y son capaces de provocar acciones de principio por parte de los estudiantes. Preguntar qué es una buena enseñanza en el sentido epistemológico, es preguntar si lo que se enseña es racionalmente justificado y, en última instancia, digno de que el estudiante lo conozca, lo crea o lo entienda” (Frenstermacher, 1989).
“...esta significación de la buena enseñanza implica la recuperación de la ética y de los valores en las prácticas de la enseñanza. Se trata de valores inherentes a la condición humana, pero desde su condición social, en contextos y en el marco de las contradictorias relaciones de los actores en los ámbitos escolares” (Litwin, 1998)

No hay lugar para la morosidad

Una de las características de la “Era de la Información”, es que no hay lugar para la morosidad so pena de fracaso. La información se requiere rápida, frecuente, precisa y confiable. Y las decisiones no se deben demorar innecesariamente.
Equivocadamente se afirma que vivimos bajo la superabundancia de información, sepultados por ella. Lo que tenemos es superabundancia de datos, de indicadores, de documentación.
Por lo cual uno de los aspectos centrales de la gestión de la información es cómo transformar los datos en información (significativa para nuestros objetivos y metas), y a la adecuada disposición de la misma para la toma de decisiones.

Frecuentemente se afirma que se realiza lo urgente y no lo importante. Pero no es frecuente escuchar sobre la necesidad de contar con sistemas que nos ayuden a priorizar lo que es importante, para que el flujo de la información circule por la institución –y entre los involucrados- y al mismo tiempo se realice un seguimiento de su evolución.

Hay actividades o profesiones donde la relación acción-resultado es muy evidente. Un auto no puede salir del taller sin funcionar, tal como llegó, pero es factible que un paciente concurra reiteradamente a un psicólogo sin que exista un cambio significativo. Es evidente que no se puede comparar una máquina con un ser humano donde las marcas de la vida no se pueden resolver comprando repuestos en un comercio. Pero en otros casos, la ausencia de resultados ponderables en tiempo y forma, se debe a que ciertas organizaciones no deben rendir cuentas ni para abajo ni para arriba, proliferando en ella el llamado "espíritu del empleado público" donde la parsimonia, la irresponsabilidad y la abulia predominan.

Esto se ve claramente en ciertos funcionarios que con la excusa de la burocracia y los "procedimientos",  rara vez toman decisiones coherentes con los altos postulados que dicen sostener y solo se limitan a perdurar, a “tapar algunos agujeros”, o estallidos y a reaccionar (generalmente inapropiadamente)) cuando el problema llega a la prensa u ocurre un accidente. Esta ausencia de políticas activas (salvo, claro, en los temas de los ajustes y recortes), se debe, a veces, a carencia de ideas y proyectos, pero en otras a una incorrecta gestión de la información, o a ambas.

Si los ministerios fueran almacenes, fábricas o empresas de gestión ¿no se hubieran fundido hace tiempo? Sería interesante indagar si el mayor costo (y el despilfarro)  está generado, no tanto  por el salario de sus funcionarios, empleados y ñoquis, sino en las políticas morosas que desarrollan.

Recursos y obstáculos

No alcanza con saber qué es lo que se quiere: es necesario precisar el camino a recorrer para lograrlo y para ello hay que conocer con qué recursos contamos o tenemos que contar.
En el aula, la escuela o el sistema educativo, siempre se encuentran abundantes recursos de todo tipo y lamentablemente desaprovechados.

Una correcta gestión de la información debe:
Conocer las habilidades, destrezas, conocimientos e inquietudes de las personas involucradas, de manera tal que puedan ser convocadas para los distintos proyectos o retos que se deban enfrentar en pos de objetivos y metas definidas.
Determinar qué herramientas, medios y técnicas están disponibles o podrían estarlo, así como otros recursos.

Para que la información sea operativa, tiene que estar disponible en bases de datos que puedan de ser consultadas.
Claro que el mejor plan puede fracasar si no se tienen en cuenta los obstáculos (internos o externos), determinando qué estrategias y tácticas hay que emplear para contrarrestarlos, superarlos o atemperarlos.
Un obstáculo frecuente es el "clima" entre los participantes o involucrados, por eso es de fundamental importancia que los objetivos y metas sean compartidos; y que cada logro, por pequeño que sea, de ese u otros proyectos, sea reconocido, divulgado y valorado.
Este tema de reconocimientos de procesos y resultados es muy importante y un mal manejo de ello implicará insatisfacciones, resistencias y desmotivación para el futuro.


La informatización

En el sistema educativo los esfuerzos para realizar bases de datos y gerenciar la información se centraron en lo administrativo y ahora, las políticas educativas guiadas por la caja chica propiciarán una mayor informatización de ciertos aspectos del sistema educativo (matrícula, personal, infraestructura, normativa).  Obviamente que esos datos también podrán ser útiles para resistir dichas políticas y construir nuevas, pero lo importante es que indirectamente se irán creando condiciones para la extensión de una gestión de la información en lo académico, curricular, en los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Porque otro de los aspectos centrales de la gestión de la información es transformarse en gestión de conocimientos.

Gestión de la información y gestión de los conocimientos

Cualquier intento de gestión de información en el área educativa debe tratar de evitar el derroche de recursos que se producen día a día, año a año. No tiene caso aquí analizar si se debe a la inoperancia, la incompetencia, la irresponsabilidad, pero lo cierto es que son los alumnos y alumnas y la educación -y por ende la sociedad en su conjunto- quienes pagan las consecuencias.

Para entender mejor aquel derroche: muchos docentes que usan la computadora tendrán  allí  escritos, documentos, proyectos, es decir,  rastros de producción acumulada.
Y si la utilizan para navegar y para el correo electrónico, seguramente la pantalla ha mostrado infinidad de ideas, sugerencias.  A la hora de hacer un escrito sobre el tema X, ¿se puede obtener rápidamente los diversos fragmentos de distintos escritos producidos o leídos que se refieran a dicho tema? ¿Puede otra persona,  sobre ese material, realizar consultas temáticas -tipo buscador de Internet? Por supuesto que no. No están acostumbrados ni preparados para utilizar la computadora como recurso para la producción de información o conocimientos, sino como herramienta, cómo máquina de escribir sofisticada.

Ello no es casualidad ya que en similar situación se encuentran quienes han recibido capacitación  o poseen títulos  en informática.
Se trata de un modelo de país y su correlato en lo que se enseña en informática y tecnología. Las diversas presiones que se ejercen para la obsolescencia planificada, necesitan más el adiestramiento en la utilización de herramientas que a la formación y capacitación de las personas para crear y transformar las herramientas en recursos (Novedades Educativas Nº  91, 1998).

Cuando pensamos en lo institucional y en las responsabilidades globales, estas cuestiones se agravan. Uno de los principales bienes con que cuenta la escuela es el conocimiento.
En la escuela se maneja información y conocimientos, se produce información y conocimientos y se debería  enseñar a manejar y a producir información y conocimientos. Sin embargo, los esfuerzos y producciones de cada uno de sus agentes no se aprovechan en el resto del sistema. Cada uno debe tropezar con la misma piedra, reinventar la misma rueda y en casi total soledad.
En los últimos años numerosos docentes e instituciones produjeron proyectos innovadores, pero, al no promoverse sistemas de gestión de dicha información, no hay posibilidad de réplicas, de aprovechamiento o extensiones de aquellas experiencias  (positivas o negativas, todas constituyen aprendizajes).
Existen sistemas informáticos completamente gratuitos (GNU/Linux www.cignux.org.ar ) para la infraestructura lógica de estos procesos.  Claro que estos sistemas, muy poderosos y eficientes, tienen la contra de ser gratuitos, es decir, que no hay posibilidad de mordidas...

La gestión de la información debe también buscar la transparencia en diversos aspectos, como compras y proveedores, atención a alumnos, padres, normativa y documentación oficial, gestión de resultados, experiencias de gestión, de capacitación, vinculación con otras instituciones. Una Web con base de datos interactiva, interna o externa, es una buen lugar para empezar.

Una política educativa activa deberá incluir en sus prioridades un sistema de información/comunicación de experiencias, tanto de proyectos como de gestión, y la retroalimentación necesaria lo que promueve el proceso de capacitación y aprendizaje continuo, el estudio de casos y los análisis comparativos, creando al mismo tiempo el insumo vital para producir las imprescindibles investigaciones que ayuden a salir del marasmo actual.

A contramano de la historia y de las tendencias actuales, asistimos a una desvalorización del papel de la educación y del conocimiento desde la dirigencia. La escuela se va transformando cada vez más en un ámbito de contención y de asistencialismo o en un lugar para conseguir o mantener el trabajo en lugar de tratarse de una institución con un papel activo en los procesos de superación de las diversas crisis que nos afectan y base insoslayable para un proyecto sustentable de país productivo y creativo, basado en el respeto y la solidaridad con nuestros semejantes.


Activos intangibles

Antes, el activo de una empresa, se medía analizando el valor de sus instalaciones, edificios, mercaderías, capital social. Hoy es distinto. En un mundo altamente competitivo, una de las preocupaciones básicas de gerentes y estudiosos, es encontrar “una ventaja competitiva”. La tecnología no lo es por mucho tiempo, ya que se compra o se copia. Lo considerado valioso y distintivo es el conocimientos que posee su personal, el grado de compromiso de éste con la organización, sus saberes y procedimientos técnicos y especializados, su “know how” (el saber cómo hacer). Gracias a ello se tiene un papel destacado en el mercado (o no) y se consigue la fidelidad de la clientela,  Una rama de la economía actual trata de estudiar el valor de estos activos intangibles. Y la gestión de la información estudia cómo gerenciarlos.

Se señalaba anteriormente que uno de los principales bienes con que cuenta la escuela es el conocimiento. Pero el conocimiento no es un objeto, sino que está en las personas, y en forma de relacionarse,  que potencia (o debilita) su manejo y producción.
Esta realidad plantea a la escuela nuevos retos: sus bienes principales son intangibles.
La solidez o debilidad de una escuela o de un sistema educativo descansa fundamentalmente en todo su personal, en la puesta en práctica de sus saberes y valores, en la  producción de conocimientos y en su gestión.

Lamentablemente a veces se copia lo peor de los ámbitos empresarios para traerlos al ambiente educativo, pero no los aspectos centrales, como la constatación de que las empresas que mejor pueden afrontar las dificultades y crecer, son aquellas que aprovechan y estimulan los conocimientos e inquietudes de su personal, que los capacitan constantemente, incentivando sus capacidades de aprendizaje, de creación, y de producción de nuevos conocimientos.

Es imposible abordar correctamente la problemática del cambio sin una adecuada gestión de la información y sin métodos de comunicación, trabajo y producción acorde a las nuevas demandas y posibilidades..

Gestionar la información y el conocimiento presupone una manera distinta de concebir a la propia organización, presupone modelos distintos a los dominantes hasta hace poco tiempo en el ámbito empresarial y que el sistema educativo adopta con veinte o treinta años de retraso.

Al querer  hablar de organización y de producción nos saldrán al cruce dos conceptos: eficacia y eficiencia.

Eficacia y eficiencia

Pocos podrán en duda la necesidad de que nuestras acciones, producciones y organizaciones sean eficaces y eficientes. Es más, nos molesta la inoperancia, la ineficacia, la ineficiencia y sabemos que nos cuesta muy caro individual y socialmente cuando las mismas se instalan en cualquier puesto de poder, por pequeño que sea. Sus efectos son muy gravosos y no sólo en el corto plazo.
Sin embargo, al momento de querer usar esos conceptos nos viene una sensación atribuible al poco científico "olfato" o la menos aún reconocida  "intuición" y nos preguntamos si es casualidad que eficacia y eficiencia sean las palabras claves que se usan para justificar las políticas de "transformación" educativa, de ajuste y de "racionalización".

Rebuscamos en nuestra memoria para ver cuándo cobraron la dimensión política e ideológica que tienen hoy y aparece el recuerdo de Onganía o unos años luego, durante el Proceso y la imagen, en la TV y los cines, de la silla  "made in Argentina", que  se desarmaba toda al momento de sentarse un usuario y el sello de "culpable" que  se ponía en la frente de quien no se ajustaba a las nuevas reglas y al tanquecito.

El  mensaje, justificatorio de lo que vendría después, era claro: La industria argentina es totalmente ineficiente e ineficaz, merece desaparecer si no se amolda a los nuevos tiempos, o al Tiempo Nuevo. Y muchísimas fábricas desaparecieron.
También iba para las empresas estatales, que: doblemente ineficientes e ineficaces, merecían ser vendidas, incluso aquellas que daban muy buenas ganancias como Aerolíneas Argentinas o producían mucha riqueza, como YPF. Y lo fueron.
Claro que en realidad lo que estaba en juego era un nuevo modelo de país y de mundo, porque estas categorías, cortinas de humo, no se adueñaron de la escena sólo en Argentina. Fue un fenómeno mundial, claramente identificado por ejemplo en Francia por Jacques Le Mouel cuando ponía en evidencia el nuevo sofisma del management:
"Lo eficaz es verdadero,
ahora bien, lo verdadero es justo.
Luego lo eficaz es justo" (Le Mouel, Jacques, "Crítica de la eficacia". Paidós. 1992, pág 15

Definiendo muy brevemente: Eficaz es alcanzar (o superar) los objetivos determinados; y eficiente es lograrlo con los mínimos recursos. Centrar o juzgar las acciones, políticas y organizaciones por estos conceptos equivale a excluir o desplazar de esos análisis los objetivos de dichas acciones, políticas o instituciones, los por qué y los motivos, con lo que terminamos por encontrarnos con la filosofía del utilitarismo y el pragmatismo y la política que se basa en ella, por todos conocida.

No debe extrañarnos que desde ese modelo se tienda a la formación de ciudadanos que sean buenos consumidores (si tienen para comprar, si no, no tiene mucho sentido gastar en formarlos, al menos en nivel medio y menos en terciario y universitario),  eficientes, competitivos, individualistas, altamente desideologizados y despolitizados.

Por ello cada vez que queramos usar los conceptos eficacia y eficiencia, o que nos vienen dados como argumentos, es necesario ver cómo están definidos y si no lo están, indagar lo que ellos están presuponiendo en lo económico, en lo político, en lo social y hasta en lo filosófico, tratando de determinar en qué objetivos se inscriben. Por ello, frente al privilegiar  acciones y medidas, preguntarse sobre los por qué de las mismas, tratando de poner en evidencia no sólo las motivaciones e intenciones sino sus marcos teóricos o ideológicos.

Y esto debe aplicarse también a otros términos, como rendimiento, calidad, productividad, rentabilidad, logro, éxito. Hay que redefinirlos y utilizarlos desde una perspectiva que evidencie los valores, proyectos, responsabilidades e intereses puestos en juego, y que los integre, si lo estamos proponiendo nosotros. Porque es necesario que también nosotros nos interesemos por la eficacia y la eficiencia, pero no cualquier eficacia y eficiencia y menos aún las que escamotean los objetivos, valores e intenciones. Por eso debemos comenzar por preguntarnos qué sería eficiencia y eficacia para una institución que tiene tales y cuales valores y objetivos, de la cual la sociedad espera esto y lo otro, y por qué tal o cual eficacia y eficiencia serían beneficiosas, y por qué tal y cuál perjudicial (y para quién y para qué).

Teniendo en cuenta lo antedicho, podemos entonces pasar a abordar una de las carencias claves del sistema educativo y una de las puntas del ovillo para enfrentar la situación que vivimos: la producción de información y de conocimientos.

La Escuela es (o debe ser) una institución que maneja  información y conocimientos, que produce información y conocimientos y en la que se debería enseñar a manejarlos y a producirlos. No obstante, generalmente está limitada a la primera de las tres funciones. No se pone el mismo énfasis ni está estructurada para producir información y conocimientos y menos aún para enseñar cómo hacerlo, por qué, para qué y para quién hacerlo. Claro, entraría en conflicto con formar ciudadanos que sean buenos  e inteligentes consumidores y usuarios; y con la actual función orgánica del docente: mucho de agente, poco de actor y casi nada de creador.

Veíamos anteriormente el enorme despilfarro de recursos en el sistema educativo, porque  en la escuela se produce información y conocimientos, pero de una manera totalmente aislada, desarticulada e inaprovechable para el resto (y a fuerza de pulmón). No es casualidad. Ocurre que si queremos producir información y conocimientos (sea desde cómo resolver la convivencia hasta el diseño curricular de un módulo del TTP, pasando por los temas macros), necesariamente tendrá que fomentarse el análisis crítico, y aparecerán el debate, el disenso, las contradicciones, que son la savia de cualquier proceso de elaboración colectiva y de cualquier protagonismo.

Conflicto, el terror de las políticas de vaciamiento

El conflicto no es un tema menor en las instituciones. Aparte del tema recurrente de la violencia directa, sobre el cual existen suficientes materiales y estudios importantes, existe otro conflicto, que se da cuando una institución es una organización viva con miles de vasos comunicantes con la sociedad y sus contradicciones; y se propone producir información y conocimientos,  lograr un consenso superador o tomar una determinación institucional.

Cuando  estas concepciones que venimos criticando manejan la gestión institucional (y la política educativa)  gestionan la información para  controlar, prevenir o erradicar el conflicto y eliminar las contradicciones. Todo debe ser aséptico. Si no alcanzan las disposiciones y técnicas del manejo/construcción de la imagen y los díscolos no se adecuan, creen que la contradicción puede resolverse, o eliminarse, poniendo afuera o expulsando a uno de sus polos u ocultando, aislando o silenciando al emergente.

Para ellos el conflicto, el debate, el disenso profundo, la oposición, es un mal que debe evitarse o extirparse. De allí que necesitan que sea mal visto, que sea catalogado como anormal o disfuncional. Esto es evidente y no requiere mayor comentario. Pero sí es importante señalar otros mecanismos de decisión  que pueden ser perniciosos para la producción de información y conocimiento. Uno es el democrático.

Antes de tachar de hereje tal afirmación, considere que todo lo bueno que tiene la forma de gobierno democrática frente a la militar y de facto no implica que sea aplicable a todos los órdenes de la vida. Sin ir muy lejos, Ud. ni nadie admitiría que la votación de una mayoría dictamine qué religión debe ser la suya. Ni siquiera de qué club de fútbol. Porque hay cuestiones que no son materia de votación: los principios y los afectos, entre otras.

En muchas oportunidades ciertas concepciones evidencian distintos puntos de vista filosóficos o ideológicos subyacentes. Pretender liquidar esas discusiones mediante una votación va a contramano de cómo avanzó y avanza la ciencia y la cultura, y tiende a la pelea por obtener puestos de poder o por conseguir adeptos que levanten la mano, en vez de dedicarse a profundizar los estudios y a superar las propias producciones y afirmaciones. Porque una buena polémica, incluso muy profunda y con mucho antagonismo, que termine "sin solucionarse", con los contendientes originales más convencidos de su propia postura, puede ser muy positiva para ambas posiciones,  si han sabido escuchar y respetar al otro: se habrán visto obligados a mejorar la propia argumentación o detectar huecos en ella y trabajar para superarlos. Muchas veces es preferible dejar abierta la polémica que cerrarla de cualquier forma. Y si es necesario tomar alguna determinación, cuanto más votar acciones, no concepciones.

Otro mecanismo de decisión que también debe manejarse con cuidado es la búsqueda del consenso. En ocasiones, temerosos de que el conflicto siga en pie o se extienda, se trata de resolverlo buscando un mínimo común denominador o que los bandos en pugna lleguen a un arreglo. Con esto muchas veces se fomenta la mediocridad y la parálisis en la producción intelectual. De nuevo lo mismo: si no podemos arribar a un consenso que resulte una síntesis o superación del conflicto, es preferible arbitrar mecanismos para continuar los debates con seriedad y responsabilidad y frente a la necesidad de decisiones inmediatas, consensuar acciones, no achatar concepciones.

Evidentemente para todo esto no hay una receta y cada situación, por difícil que se nos presente, será también motivo de nuevos aprendizajes y lo que es más importante, podrá implicar eso que pocas veces se habla y menos aún se logra,  pero que es muy importante de conseguir: ir construyendo espacios "donde lo compartido no sea impuesto como común, sino lo acordado a partir de diferencias" (1), que posibiliten no sólo defenderse frente al vaciamiento conceptual y de impedir que la construcción de lo público esté fundamentalmente en manos de lo mediático, como hoy, sino para ir construyendo otro presente y otro futuro.

En el texto anteriormente citado, Puiggrós señala que "Nadie ha reflexionado suficientemente en la posibilidad de sumar las nuevas tecnologías al proceso educativo sin deshumanizarlo ni perjudicar al docente". En realidad sí hay importantes posibilidades de utilizar las  nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones para esto que estamos hablando, ya que posibilitan nuevas maneras de relacionarse, de gestionar las instituciones y de producir intelectualmente. Siempre y cuando lo hagamos apropiadamente y desde una posición basada en valores y principios ajenos al mercantilismo, descreyendo que la Escuela sea una institución adocenadora y meramente transmisora de la ideología de un sector de la sociedad.

En el NE 117 (octubre de 2000), hablábamos que el fenómeno del software libre (GNU/Linux) estaba poniendo en evidencia un nuevo modelo en la producción de conocimientos. Gente sin conocerse, sin tener vínculos físicos directos, sin pertenecer a una misma empresa, estaban produciendo tecnología de punta y gratuita. Sistemas operativos poderosos y miles de programas se estaban haciendo en esa manera y eran libres para usar. E incluso haciendo ese producto que no se venderá nunca, ganan plata y no poca. No tiene caso aquí hablar de estas paradojas, pero sí resaltar dos aspectos importantísimos:
" Hay allí un modelo (en realidad varios) de la gestión y producción de conocimientos.
" Ese mismo software (libre, gratuito) posibilita crear redes de intercambio y de producción, espacios virtuales para compartir ideas y elaborar en equipo, y mucho más. Con muy poca inversión en equipamiento (que generalmente está) se pueden hacer maravillas a un costo mínimo (algunos cables, algunas placas), la clave  está en querer hacerlo (y saber, pero esto se soluciona mucho más fácil)

Pongamos un simple ejemplo de una actividad antes impensada. Muchos chicos de todas las escuelas, especialmente de las carenciadas o de zonas marginales, necesitan apoyo para entender las materias, hacer sus ejercicios, plantear sus dudas. Y quienes más lo necesitan son quienes menos pueden obtener ayuda afuera de la escuela, porque  viven en familias pobres, desocupadas o culturalmente empobrecidas. ¿Y cuántos adultos jubilados o confinados por una discapacidad física, con  un nivel cultural importante y todo el bagaje que le dio la vida, podrían "adoptar" un chico, un curso, una tarea si se les ofreciera un medio adecuado para llegar a ellos que se adaptara a sus posibilidades?

Crear una lista virtual en una escuela para que los alumnos planteen sus dudas de matemática y que la misma sea atendidas vía correo electrónico por adultos que quieren ayudarlos (o con ex alumnos de la institución) es algo que no cuesta casi nada utilizando software libre. Ni siquiera se necesita una conexión full a Internet. Y hasta podría hacerse con cero pesos en gasto de teléfono (menos para el adulto que colabora, que probablemente ya tenga Internet o puede pagar unos pulsos su teléfono). Y es un ejemplo. O como hacen algunos docentes y directivos de una zona de la provincia de Santa Fe (Región V), que han creado un espacio virtual para ayudarse mutuamente en la elaboración de los contenidos curriculares concretos de los módulos del TTP de Informática (owner-ttpinfo@intercol.org.ar). También hay muchas posibilidades para los procesos de actualización y capacitación permanente que hoy se desaprovechan (o se eligen las más caras)

Hay muchas estrategias que pueden desarrollarse para compartir e integrar la información estructurada y cuantitativa (estadísticas, etc) con la no estructurada (documentos de texto) y trabajarlas entre personas que no se conocen pero que desean aportar sus saberes en la producción de nuevos. Y muchas de ellas están al alcance de la mano aunque no aparezcan así todavía hoy, justamente porque no hay mayor interés en que ello ocurra.

Si bien existen excepciones, la mayoría de los funcionarios teme ese tipo de encuentros en donde no pueden estar o controlar, y en los que tampoco tendrían mucho que decir si se los despojara del puesto que transforma su palabra en ley. Pero quien tiene fundamentos, quien no teme al debate, quien está comprometido con los chicos y quiere lo mejor para ellos, sabe que el conocimiento es uno de los pocos bienes que al compartirse crece. Y embarcarse en nuevas relaciones que generen aquellos espacios que hablábamos, sólo podrá significar la pérdida del aislamiento y un mundo nuevo por ganar.

Deberíamos repensar lo que significa hoy la "sociedad de la información", si puede ir hacia la "sociedad del conocimiento", para avanzar hacia una "sociedad del aprendizaje", claro que son definiciones de sociedad que realmente no hablan de la verdadera sociedad aunque nos permiten pensar un poco más allá.

En un mundo muy injusto hay poco espacio para las utopías pero tendremos menos espacio en él sin ellas.

Fernando J. Pisani
fjpisani@intercol.org.ar

Bibliografía:
Fenstermacher, Gary D., "Tres aspectos de la filosofía de la investigación sobre la
enseñanza", en "La Investigación de la enseñanza,  I" , Merlin C. Wittrock .
Editorial Paidós, España, 1989.
Litwin, Edith, "El campo de la didáctica: la búsqueda nueva" en "Corrientes didácticas contemporáneas", Paidós, Buenos Aires, 1998.
PUIGGROS, Adriana. Volver a educar. El desafío de la enseñanza argentina a finales del siglo XX, Ariel, Buenos Aires, 1995.

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