| Ferrocarriles
y educación
Fernando
J. Pisani (*)
Si hay dos estructurantes
claves de la Argentina como país, ellos fueron los ferrocarriles
y la ley 1420, aquella norma que tanto le costó a Sarmiento
y que estableció la educación gratuita, laica y obligatoria.
Por ese entonces -1884- casi no había habitantes en Argentina,
que se poblaría bajo el influjo de la inmigración.
Y Argentina se fue poblando y nutriendo por las venas que abría
el ferrocarril y las decenas de generaciones de inmigrantes de distintas
razas, lenguas y culturas, que fueron dando lugar a la argentinidad
gracias el crisol de la 1420 y del trabajo. Hasta el sistema horario
único se lo debemos al ferrocarril y aquella vieja frase
que sigue teniendo vigencia, "educar al soberano", se
la debemos a la 1420.
Pero los tiempos
cambiaron y hubo un momento en que el trabajo, el esfuerzo y la
producción propia fueron desconsiderados, incluso atacados.
Y los ferrocarriles que daban vida a millares de pequeñas
localidades y llevaban personas y frutos de nuestra tierra y trabajo
se consideraron ineficientes, porque perdían un millón
de pesos diarios, sin saber que había otras eficiencias,
las sociales, las de integración, de inclusión. Y
a la educación también le llegó su hora, especialmente
a la educación técnica: para qué queríamos
escuelas técnicas y técnicos, si nuestra producción
con valor agregado no tenía valor.
La desaparición
de aquellos ferrocarriles atomizó y aisló aún
más a las poblaciones, despobló aún más
al campo, destruyó identidades, estimuló migraciones
internas para engrosar villas miserias. Por supuesto que no fue
la única causa, ni tal vez la principal. Seguramente la 1420
debía ser cambiada y ampliada a otros niveles, pero en su
lugar, en aras también de la eficiencia, la eficacia y otros
conceptos tomados del mercado, se implementaron cambios con un proceso
disgregador que está a la vista, con una desarticulación
y diáspora nacional, y lo que es peor, con una calidad educativa
que sabemos que es pobre para lo que necesitamos, en todos los niveles.
Que a principios
de este año en unos viejos galpones de ferrocarril vacíos
y casi tétricos fueran saqueados y destruidos de una manera
vandálica las pocas máquinas, muebles y herramientas
que tenía una escuela también habla de un quiebre
moral -expresado hoy también en ataques permanentes a ancianos,
niños, instituciones educativas- y de un desprecio por la
vida humana.
Hoy en esos
grandes galpones ferroviarios se está construyendo un nuevo
símbolo. Cuando en el verano, en medio de la maleza y destrucción,
el gobernador Obeid aludió a los miles de personas que trabajaban
en esos galpones y el papel que tenían entonces los ferrocarriles
casi sentíamos el retumbar de las máquinas, el olor
de la vida y del trabajo que contrastaba con la desolación.
Y dijo así:
"Esto debe marcar un antes y un después, debe ser un
hito. Si ayer los ferrocarriles eran como las venas del país,
hoy no podemos recuperar nuestra sociedad sin educación y
en estos galpones tenemos que hacer sonar nuevamente la producción,
pero la producción del conocimiento, lograr juntar aquí
lo que estos galpones significaron de vida con una nueva educación
que también debe significar vida y esperanza". La idea
es clara: no sólo construir allí una escuela técnica
nueva, no sólo recuperar el patrimonio histórico y
arquitectónico de nuestra comunidad sino crear allí
algo que sintetizase lo grande que tuvieron nuestros ferrocarriles
y lo grande que tuvo nuestra educación, para marcar el resurgir,
para juntar allí nuestras fundamentales tradiciones de trabajo
y estudio con la técnica y la tecnología más
avanzada a nuestro servicio y no nosotros al servicio de ella.
Es un sueño
hermoso pensar en un país más justo, más igualitario,
con esperanza, con trabajo, sin miserias y exclusiones, que por
supuesto contrasta con la realidad cotidiana o los títulos
de los periódicos, de aquí o del mundo. Pero en muchos
lugares, en nuestras escuelas, en nuestra comunidad, se está
construyendo algo distinto. A pesar de las normales desconfianzas,
incredulidades -¡tantas veces nos engañaron!- hoy se
comienzan a respirar otros aires, aires de cambio, aires de compromiso,
que seguramente traerán también polémicas y
reproches pero también esfuerzo, abnegación, solidaridad.
Destruir es
mucho más fácil que construir, y remontar tantos años
de crisis, de marchas y contramarchas, no es fácil, ni los
resultados se notarán tan fácilmente. Es muy poco
probable que cuando los obreros comenzaron a clavar los primeros
rieles o Sarmiento a esbozar los primeros renglones de su ley pensaran
que estaban construyendo un país. Pero lo hicieron. Es poco
probable que nos demos cuenta de que con muchos pequeños
esfuerzos, generalmente anónimos o poco vistos, basados en
la solidaridad, hoy estemos reconstituyendo nuestro país.
En Canning y
Junín se cumplió con una promesa a la Escuela Técnica
Nº471 y se anunció el inicio de una nueva etapa edilicia;
pero en realidad allí se está construyendo un nuevo
símbolo. Y una esperanza.
(*)Director
provincial de
Educación
Media y Técnica
fjpisani@intercol.org.ar
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