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martes, 02 de agosto de 2005
Reflexiones
Einstein, Hiroshima y presente

Fernando Pisani (*)

El 2 de agosto de 1939, Albert Einstein, autoexiliado en EEUU desde cuando Hitler subió al poder y alarmado por la invasión a Polonia, firmaba la famosa carta al presidente Roosevelt en donde se pedía que desarrollase un programa de investigación sobre las reacciones en cadena para fabricar un arma poderosa. Seis años y cuatro días después, EEUU arrojaba la bomba atómica sobre una población civil, la ciudad de Hiroshima, produciendo una matanza sin precedentes en la historia de la humanidad: seres humanos, mascotas, animales, plantas, todo aniquilado en un segundo.

A varios kilómetros a la redonda ningún edificio quedó en pie, quemándose hasta los hierros de sus estructuras. Y un poco más lejos, donde quedaron pedazos de pared, podían observarse en algunas de ellas sombras estampadas, lo que antes había sido un ser humano. Fue un genocidio instantáneo jamás visto, con efectos también en el tiempo, produciendo heridos, mutilaciones y mutaciones que aún hoy -bajo un manto de silencio- afectan a descendientes de los lejanos lugares hasta los que llegó la lluvia radiactiva.

El espanto de Einstein resulta abrumador. Su idea de la bomba atómica era porque no quería que Alemania la tuviera primero, no para usarla. Para colmo, en 1945 la guerra estaba prácticamente terminada. Italia se había rendido en el 43 y Alemania cayó en abril del 45, muriendo Hitler y su entorno íntimo. Pocos días después Mussolini era capturado y ejecutado. Incluso el 26 de junio, se había firmado la Carta de las Naciones Unidas. Japón ya estaba prácticamente derrotado y había comunicado su deseo de paz: sólo quedaba la rendición formal.

Ingenuo, Einstein creía que no existía ningún motivo para tal aberración y no entiende su lanzamiento. Su ingenuidad y error conceptual y político se evidencian dos días después, cuando EEUU lanza una bomba de plutonio (el doble de energía destructiva que una de uranio) sobre la población de Nagasaki (la ciudad de Kokura, elegida primero, se salvó porque había nubes que impedían ver claramente el objetivo).

Imposible describir las monstruosas consecuencias de estas dos bombas, sean las instantáneas (más de 120.000 muertos), o las posteriores, para decenas de miles de heridos y de muertos a lo largo del tiempo (se calcula que murieron más de 240.000 personas). Ni qué tipo de muerte, ni qué tipo de heridas. No hay película de terror que sea tan aterradora. Aún hoy se están sufriendo sus efectos, no sólo los físicos y personales de los sobrevivientes y descendientes en aquellas tierras; es la humanidad la que sigue pagando sus consecuencias, porque no hubo Nüremberg para Hiroshima y Nagasaki. Por el contrario, hubo premios para los genocidas y más sufrimiento para el resto.

El 11-S, Afganistán, Irak, Madrid, Londres y hasta la misma Amia son hijas de la impunidad con este tipo de políticas. Aquello produjo un cambio muy grande en Einstein. Si bien ya era pacifista -por eso se había ido de Alemania, donde era considerado como traidor por no apoyar ninguna guerra ni el fanatismo nacionalista-, a partir de entonces se da cuenta que no existe la investigación "pura"; y que los científicos y técnicos no pueden prestarse a realizar cualquier estudio o tecnología, ni lavarse las manos con la excusa de "no es decisión nuestra la de usar lo que inventamos o ayudamos a inventar". Y este replanteo del papel y responsabilidad de los científicos y técnicos no está limitado sólo a aquellos vinculados con la posibilidad de armas, abarca a todos, desde el que propone poner una planta industrial que es contaminante hasta el que "juega" con la clonación. Incluso, sería bueno que leyeran los escritos de Einstein muchos de los especialistas y técnicos en educación que viven creando teorías, recetas y diagnósticos, luego criticando la aplicación de sus teorías, pontificando o elaborando reformas de las reformas sin asumir nunca su propia responsabilidad en el cómo estamos.

A partir de entonces, Einstein se opone a la bomba atómica y manifiesta que la única arma capaz de contrarrestar su poder es la paz. Pregona el desarme y la superación de los nacionalismos. Pone como ejemplo a Gandhi, a quien admira. Pero la industria de la guerra sigue en todo el mundo y en particular sobre Hiroshima y Nagasaki se impone una desinformación a tal punto que una encuesta realizada en Japón hace pocos años daba cuenta que un porcentaje de los japoneses no conocía el tema y muchos de los que sí "sabían", creían que eran bombas arrojadas por Rusia.

Si antes de aquellos 6 y 8 de agosto, aun guerreando había ciertos pruritos con las poblaciones civiles y al menos de palabra se condenaba lo que se llamaban "crímenes de guerra", al quedar impunes Hiroshima y Nagasaki se abren absolutamente las puertas para las llamadas "guerras de escarmiento"; "ataques punitivos"; "guerras preventivas"; inaugurándose una época donde el terrorismo de los gobiernos de diversos signos políticos adquiere status de cuasilegalidad y consenso mundiales y abonan a los grupos fundamentalistas.

Porque terrorismo no es simplemente poner una bomba o matar gente, terrorismo es una política que busca imponer cambios de conducta o gobiernos, orden o desorden, mediante acciones que aterroricen a la población, no tanto por lo que hacen, sino por la amenaza de lo que puede ocurrir. Es el ojo por ojo elevado a la enésima potencia. Es el que los hijos paguen las culpas de sus padres, hecho razón de Estado o "causa sagrada".

La actual escalada del terror irá en aumento si como humanidad no logramos pararnos en sólidos valores morales y éticos donde los fines no justifiquen los medios (más allá de que en estos casos los fines también son aberrantes). Y esto implica, aunque suene a contrasentido, que debemos propiciar una intolerancia esencial: tolerancia cero a cualquier guerra, a cualquier acto de terror, no importa si viene de un grupo minúsculo, de un fundamentalismo, o de un estado poderoso.

El desprecio por la vida humana que vemos cotidianamente en nuestras ciudades, que ancianos y niños sean vejados o matados, el nivel creciente de violencia y de inseguridad que nos amenaza no se resuelve con más policías o con mano dura. Se resuelve cuando simultáneamente al encarar todos juntos el problema social de fondo, enfrentemos el quiebre de valores actuales.

Donde comencemos a resolver las graves deudas pendientes que tenemos las diversas generaciones que desde hace sesenta años se van sucediendo en el mundo desde aquel genocidio y con su seguidilla de aplicaciones en menor escala y usando armas "tradicionales" o "no tradicionales".

Y el problema más grave no es que no se llevó al banquillo de los acusados al presidente Truman, a sus generales, barones de la industria e intelectuales y científicos, sino que nunca se lo intentó. Ni a los que -de ese u otros países- siguieron aplicando similares métodos aunque con otras armas. Lo menos que hoy podemos hacer frente a ello es no ayudar al olvido, sí reclamar el basta a tanta impunidad.

No hay terrorismo bueno o malo. Quienes pusieron las bombas aquel 11 de septiembre eran seguidores de un ex "terrorista bueno", adiestrado por la CIA, (y quién sabe si realmente no hubo otras manos allí) e injustamente fue el pueblo de Afganistán quien sufrió las consecuencias sin haber declarado (ni habérsele declarado) ninguna guerra ni haber hecho nada. Y como ese muchos ejemplos. Demasiados para recordarlos sin sentir el agobio de la impotencia ante tanto crimen contra la humanidad. Al menos en nuestras conciencias y donde podamos

-escuela, universidad, amistades-, debemos tratar estos temas sin mirar para el otro lado, si no el crecimiento de la violencia de todo tipo no cesará y quedaremos encerrados en un nuevo gheto y para peor, nos encerraremos solos.

(*) Director provincial de Educación Media

y Técnica. E-mail: fjpisani@intercol.org.ar