Reflexiones
Einstein, Hiroshima y presente
Fernando Pisani (*)
El
2 de agosto de 1939, Albert Einstein, autoexiliado en EEUU desde
cuando Hitler subió al poder y alarmado por la invasión
a Polonia, firmaba la famosa carta al presidente Roosevelt en donde
se pedía que desarrollase un programa de investigación
sobre las reacciones en cadena para fabricar un arma poderosa. Seis
años y cuatro días después, EEUU arrojaba la
bomba atómica sobre una población civil, la ciudad
de Hiroshima, produciendo una matanza sin precedentes en la historia
de la humanidad: seres humanos, mascotas, animales, plantas, todo
aniquilado en un segundo.
A varios kilómetros
a la redonda ningún edificio quedó en pie, quemándose
hasta los hierros de sus estructuras. Y un poco más lejos,
donde quedaron pedazos de pared, podían observarse en algunas
de ellas sombras estampadas, lo que antes había sido un ser
humano. Fue un genocidio instantáneo jamás visto,
con efectos también en el tiempo, produciendo heridos, mutilaciones
y mutaciones que aún hoy -bajo un manto de silencio- afectan
a descendientes de los lejanos lugares hasta los que llegó
la lluvia radiactiva.
El espanto de Einstein
resulta abrumador. Su idea de la bomba atómica era porque
no quería que Alemania la tuviera primero, no para usarla.
Para colmo, en 1945 la guerra estaba prácticamente terminada.
Italia se había rendido en el 43 y Alemania cayó en
abril del 45, muriendo Hitler y su entorno íntimo. Pocos
días después Mussolini era capturado y ejecutado.
Incluso el 26 de junio, se había firmado la Carta de las
Naciones Unidas. Japón ya estaba prácticamente derrotado
y había comunicado su deseo de paz: sólo quedaba la
rendición formal.
Ingenuo, Einstein creía
que no existía ningún motivo para tal aberración
y no entiende su lanzamiento. Su ingenuidad y error conceptual y
político se evidencian dos días después, cuando
EEUU lanza una bomba de plutonio (el doble de energía destructiva
que una de uranio) sobre la población de Nagasaki (la ciudad
de Kokura, elegida primero, se salvó porque había
nubes que impedían ver claramente el objetivo).
Imposible describir las
monstruosas consecuencias de estas dos bombas, sean las instantáneas
(más de 120.000 muertos), o las posteriores, para decenas
de miles de heridos y de muertos a lo largo del tiempo (se calcula
que murieron más de 240.000 personas). Ni qué tipo
de muerte, ni qué tipo de heridas. No hay película
de terror que sea tan aterradora. Aún hoy se están
sufriendo sus efectos, no sólo los físicos y personales
de los sobrevivientes y descendientes en aquellas tierras; es la
humanidad la que sigue pagando sus consecuencias, porque no hubo
Nüremberg para Hiroshima y Nagasaki. Por el contrario, hubo
premios para los genocidas y más sufrimiento para el resto.
El 11-S, Afganistán,
Irak, Madrid, Londres y hasta la misma Amia son hijas de la impunidad
con este tipo de políticas. Aquello produjo un cambio muy
grande en Einstein. Si bien ya era pacifista -por eso se había
ido de Alemania, donde era considerado como traidor por no apoyar
ninguna guerra ni el fanatismo nacionalista-, a partir de entonces
se da cuenta que no existe la investigación "pura";
y que los científicos y técnicos no pueden prestarse
a realizar cualquier estudio o tecnología, ni lavarse las
manos con la excusa de "no es decisión nuestra la de
usar lo que inventamos o ayudamos a inventar". Y este replanteo
del papel y responsabilidad de los científicos y técnicos
no está limitado sólo a aquellos vinculados con la
posibilidad de armas, abarca a todos, desde el que propone poner
una planta industrial que es contaminante hasta el que "juega"
con la clonación. Incluso, sería bueno que leyeran
los escritos de Einstein muchos de los especialistas y técnicos
en educación que viven creando teorías, recetas y
diagnósticos, luego criticando la aplicación de sus
teorías, pontificando o elaborando reformas de las reformas
sin asumir nunca su propia responsabilidad en el cómo estamos.
A partir de entonces,
Einstein se opone a la bomba atómica y manifiesta que la
única arma capaz de contrarrestar su poder es la paz. Pregona
el desarme y la superación de los nacionalismos. Pone como
ejemplo a Gandhi, a quien admira. Pero la industria de la guerra
sigue en todo el mundo y en particular sobre Hiroshima y Nagasaki
se impone una desinformación a tal punto que una encuesta
realizada en Japón hace pocos años daba cuenta que
un porcentaje de los japoneses no conocía el tema y muchos
de los que sí "sabían", creían que
eran bombas arrojadas por Rusia.
Si antes de aquellos
6 y 8 de agosto, aun guerreando había ciertos pruritos con
las poblaciones civiles y al menos de palabra se condenaba lo que
se llamaban "crímenes de guerra", al quedar impunes
Hiroshima y Nagasaki se abren absolutamente las puertas para las
llamadas "guerras de escarmiento"; "ataques punitivos";
"guerras preventivas"; inaugurándose una época
donde el terrorismo de los gobiernos de diversos signos políticos
adquiere status de cuasilegalidad y consenso mundiales y abonan
a los grupos fundamentalistas.
Porque terrorismo no
es simplemente poner una bomba o matar gente, terrorismo es una
política que busca imponer cambios de conducta o gobiernos,
orden o desorden, mediante acciones que aterroricen a la población,
no tanto por lo que hacen, sino por la amenaza de lo que puede ocurrir.
Es el ojo por ojo elevado a la enésima potencia. Es el que
los hijos paguen las culpas de sus padres, hecho razón de
Estado o "causa sagrada".
La actual escalada del
terror irá en aumento si como humanidad no logramos pararnos
en sólidos valores morales y éticos donde los fines
no justifiquen los medios (más allá de que en estos
casos los fines también son aberrantes). Y esto implica,
aunque suene a contrasentido, que debemos propiciar una intolerancia
esencial: tolerancia cero a cualquier guerra, a cualquier acto de
terror, no importa si viene de un grupo minúsculo, de un
fundamentalismo, o de un estado poderoso.
El desprecio por la vida
humana que vemos cotidianamente en nuestras ciudades, que ancianos
y niños sean vejados o matados, el nivel creciente de violencia
y de inseguridad que nos amenaza no se resuelve con más policías
o con mano dura. Se resuelve cuando simultáneamente al encarar
todos juntos el problema social de fondo, enfrentemos el quiebre
de valores actuales.
Donde comencemos a resolver
las graves deudas pendientes que tenemos las diversas generaciones
que desde hace sesenta años se van sucediendo en el mundo
desde aquel genocidio y con su seguidilla de aplicaciones en menor
escala y usando armas "tradicionales" o "no tradicionales".
Y el problema más
grave no es que no se llevó al banquillo de los acusados
al presidente Truman, a sus generales, barones de la industria e
intelectuales y científicos, sino que nunca se lo intentó.
Ni a los que -de ese u otros países- siguieron aplicando
similares métodos aunque con otras armas. Lo menos que hoy
podemos hacer frente a ello es no ayudar al olvido, sí reclamar
el basta a tanta impunidad.
No hay terrorismo bueno
o malo. Quienes pusieron las bombas aquel 11 de septiembre eran
seguidores de un ex "terrorista bueno", adiestrado por
la CIA, (y quién sabe si realmente no hubo otras manos allí)
e injustamente fue el pueblo de Afganistán quien sufrió
las consecuencias sin haber declarado (ni habérsele declarado)
ninguna guerra ni haber hecho nada. Y como ese muchos ejemplos.
Demasiados para recordarlos sin sentir el agobio de la impotencia
ante tanto crimen contra la humanidad. Al menos en nuestras conciencias
y donde podamos
-escuela, universidad,
amistades-, debemos tratar estos temas sin mirar para el otro lado,
si no el crecimiento de la violencia de todo tipo no cesará
y quedaremos encerrados en un nuevo gheto y para peor, nos encerraremos
solos.
(*) Director provincial
de Educación Media
y Técnica. E-mail:
fjpisani@intercol.org.ar
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