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jueves, 18 de noviembre de 2005
  Reflexiones
La larga marcha de la educación técnica
Fernando Pisani (*)

La existencia de algunas tormentas con descargas aisladas y algunos nubarrones en el horizonte no debe hacernos perder la perspectiva: este año y el anterior han sido fundamentales para poner de pie a la educación técnica. En Santa Fe hemos restablecido a las materias técnicas y su obligatoriedad, así como el viejo sexto año que se intentó eliminar y el gobernador Jorge Obeid aprobó los títulos técnicos, entre otras medidas beneficiosas.

A nivel nacional, con gran esfuerzo entre todas las provincias, luego de más de medio año de discusiones, elaboramos un proyecto de ley que este año fue aprobado por las dos Cámaras e inmediatamente promulgado por el presidente Kirchner. Este, el día de su promulgación, emocionado, decía que frente a la historia es fácil justificar el porqué de esta ley. Lo que no será fácil de explicar nunca es por qué en la Argentina hubo un período en que no existió la educación técnica y se intentó hacer desaparecer a las escuelas ("lo que no permití en mi provincia", aclaró, dicho sea de paso).

A este panorama promisorio se le deben agregar el gran consenso que hay en la sociedad sobre la importancia y necesidad de las escuelas técnicas y la actitud de empresarios de querer involucrarse para aportar a su reverdecer.

No es para menos, la tibia reactivación pone de manifiesto la precariedad de la oferta de mano de obra calificada, llegando a niveles dramáticos. Como en Córdoba, donde hay una demanda de más de 15.000 puestos de trabajo sin cubrir y sin poder cubrir, dado que allí, en la capital de la industria automotor, hace años que no hay escuelas dando títulos técnicos.

Pero ni los nubarrones ni el panorama promisorio nos deben hacer perder la perspectiva. Desde hace casi quince años, las escuelas técnicas de todo el país vienen realizando una larga marcha para defenderse; yendo a veces para atrás, para el costado, intentando cruzar abismos a veces sin suerte y pereciendo muchos saberes y prácticas fundamentales en el intento. Resistiendo aquí y allá, avanzando cuando veían una tenue posibilidad y arremetiendo para agrandar la brecha cuando pensaban que por allí podían colarse sus talleres, su identidad, evitando el tsunami de la ley federal y de las políticas de implementación de algunas jurisdicciones. Y aquella "larga marcha" aún no ha terminado ni nos podemos dar el lujo de bajar la guardia.


Más modelos que provincias
Mi mamá, maestra rural en 1940, decía siempre: "Cada maestrita con su librito", frase que escuché repetidamente por otros y que incluso como docente apliqué sin ruborizarme. El problema es grave cuando desde esta concepción se aplican políticas sobre el sistema educativo, tal como ocurrió en la última década y media, con los resultados por todos conocidos: más modelos que provincias y problemas sin resolver. Lo cual se profundiza por la soberbia del especialista o supuesto especialista, que se considera con derecho a hacer tabla rasa con lo anterior y exige luego, para rever sus cambios, que se haga una profunda "evaluación científica" antes de tocar nada de su "transformación". Como si antes hubiera hecho él esa evaluación sobre el sistema anterior o sobre la propia receta que aplicó.

Esta exigencia, que en otro contexto es necesaria, en realidad esconde un doble objetivo: impunidad para lo que hizo y mantener las cosas como están, cuando dichos cambios ni fueron consensuados en su oportunidad ni lo fueron luego y las críticas florecen por doquier.

Esto plantea una primera moraleja: todo cambio futuro debe respetar lo bueno de lo que existe y fortalecerlo, y cambiar lo que a todas luces no funciona como corresponde.

Pero el problema es más complejo aún y si no se tiene en cuenta en toda su dimensión aquella larga marcha puede terminar en una derrota. Cualquier director de una escuela técnica sabe que hoy la clave pasa por lograr una buena implementación de la ley de educación técnica profesional, tanto en la jurisdicción como en la Nación. Lo que implica armar buenos planes de estudio de seis años como mínimo, garantizar la transparencia y justicia en la distribución de fondos para el equipamiento de las escuelas, actualizar a nuestros docentes en saberes técnicos, establecer una buena y fructífera relación de la educación con el mundo del trabajo y de la producción, avanzar en nuevos perfiles y muchos temas más.

También sabe que ello no será fácil de lograr por los obstáculos internos (desde inercias instaladas en la propia escuela y debilidad de culturas fundamentales -del trabajo, del amor por el saber técnico- y externos (no en vano hubo más de una década de hegemonía de otro modelo de país que no necesitaba de la producción local).

Pero hoy nada de eso alcanza si queremos evitar nuevos retrocesos o malas sorpresas. Debemos dar un paso trascendente más: lograr instalar en la sociedad y sus representantes la necesidad de acordar una política educativa de Estado concreta frente a la educación técnica profesional. De manera tal de garantizar -sin importar qué gestión ministerial o gobierno esté, nacional o provincial- que exista continuidad en ciertas líneas fundamentales. La educación debe dejar ser un campo para la improvisación, el cortoplacismo o la receta propia (copiada o casera).

Es cierto que eso lo necesitaríamos para todo el sistema educativo. Pero hoy hay condiciones nacionales y provinciales para lograrlo con la educación técnica y lamentablemente no con la educación en general. Hacerlo, a pesar de lo acotado, sería un paso importantísimo para destrabar el problema general, porque nos obligaría a meternos en otra dinámica, la del consenso y no de la imposición; la de responsabilizarnos entre todos, eliminando las barreras políticas e ideológicas ficticias o corporativas, en pos del bien común, nuestros alumnos y alumnas.

Por eso, aparte de defender una buena implementación de la nueva ley, desde ahora y en concreto tenemos que trabajar para elaborar y acordar aquellas líneas de política educativa de Estado. No podemos desaprovechar la coyuntura favorable de tener un gobernador y un presidente comprometidos con las escuelas técnicas. No podemos desaprovechar que hoy todas las provincias -y las escuelas- hayan realizado un acuerdo formidable en torno a la ley de educación técnica profesional, que la misma no es fruto de gabinetes de iluminados sino de arduas y fuertes discusiones de todos y con todos para construir consensos.

No podemos desaprovechar que, a pesar de matices o de oposiciones tempranas, hoy todos los gremios acuerdan con dicha ley. No podemos desaprovechar que muchos empresarios y sus organizaciones se han involucrado en este proceso y están dispuestos a colaborar. Ni que la sociedad toda hoy condena el intento que existió de suprimir a la educación técnica de nivel medio, y la ve como una de las inversiones a mediano y largo plazo que ayudarán a salir del marasmo social actual.

Algunas trabas a un acuerdo de este tipo pueden estar dadas por pequeños egoísmos o por disputas de alguna paternidad o la imposición de alguna frase o idea. Nada que no pueda solucionarse. La principal traba es algo más simple: no se alcanza a ver esa necesidad, hay que trabajarla, hay que plasmarla en documentos y en compromisos concretos. Las escuelas, los supervisores, los directivos, los docentes y no docentes, los alumnos, han hecho mucho por mantener la llama prendida. Estamos en la recta final. Sólo nos restan los esfuerzos decisivos. Sigamos.

(*) Especialista en educación y docente del Instituto Politécnico y de escuelas técnicas de Rosario. fjpisani@intercol.org.ar